viernes, 26 de diciembre de 2025

GPS

"Gire a la derecha y conduzca 28 kilómetros".

Voy conduciendo por una carretera secundaria. Es un atardecer bonito, hay algunos árboles a los lados de la vía y el sol se cuela entre sus ramas desnudas dibujándome extrañas y muy efímeras líneas de cebra sobre la cara.

Mi destino se encuentra casi en lo alto de una montaña, no demasiado lejos. Es una casa. La veo pese a la sombra que se proyecta sobre ella. Está ardiendo.

No me perturba. De alguna manera yo ya sabía que algo no iba bien con aquella casa. Cierto es que no sabía si era el jardín, la piscina, el antiguo cobertizo o la robusta y solida construcción que me robó un latido la primera vez que la vi hacía ya tiempo y bajo otro sol que ahora mismo parecía que no existía y que nunca volvería a existir. Mi perspicacia me saca una sonrisa que casi me hace sentir sabia.

Las curvas en la carretera empiezan a sucederse, sinuosas, obligándome a aminorar la marcha. A medida que asciendo cada vez más árboles escoltan mi subida.

Tampoco me preocupa apagar el fuego. Sé que no es cosa mía. Y aunque no tengo ni idea de qué quedará después del incendio, también sé que con eso será con lo que tenga que contentarme. Una resignación positiva, casi religiosa, sobre las cosas que escapan a nuestro control y sobre recibir lo que la vida trae con la misma calma con la que el Buddha de los miércoles después de las 14:00 recibe el paso del tiempo. Exhalo sintiéndome más cerca de algo que no sabría si definir como el Nirvana o la santidad.

Mientras conduzco, me enredo pensando en lo bien que lo he hecho, me alabo la inteligencia, la paciencia, la calma, la empatia... Mis pensamientos me calientan y sonrío ampliamente con la boca y los ojos mientras tomo una curva. Sigo sonriendo cuando veo aparecer al zorro en mitad de la carretera. Pego un volantazo para no atropellarlo y el giro es tan brusco que el coche gira más de la cuenta. El sol se cuela de frente entre los arboles y me ciega por un segundo. Intento dirigir el coche que se sale de la carretera sin ver nada y lo único que consigo, (y no es poco), es evitar el choque frontal con un árbol, bajar unas decenas de metros cual coche de rally y dar, finalmente, un par de vueltas de campana.

El airbag ha saltado. Estoy boca abajo. Noto algo caliente bajando desde mi cabeza hasta mi frente. Me llevo la mano a la cabeza de manera bastante incomoda por el airbag y toco un corte largo, aunque no parece muy profundo. Me lo habré hecho con una rama. Eso explicaría por qué la ventana de mi lado ya no existe. Puedo mover las piernas. Puedo moverme. Empiezo a pensar en cómo salir del coche. Me pregunto si habrá cobertura. 

Pienso en la casa. Pienso en mi plan perfecto, sin fisuras. En como he sido flexible, he intentado ser sabía y he sacado paciencia de dónde ya no quedaba, pagándola con mi cordura. En como parecía tan cercano, tan factible, tan real... Siento una furiosa frustración y los ojos se me llenan de lágrimas que caen hacía mi frente salándome la herida. Empiezo un alarido que se prolongará todo lo que dan mis pulmones. Cuando callo y me dispongo a golpear el airbag con rabia, otra voz perturba al bosque y silencia todo mi ser.

 "Recalculando ruta, espere. Recalculando..."





domingo, 14 de diciembre de 2025

San Sebastián

No puedo ver "La Sirenita" si no en su primer doblaje al español latino. Hace unos cuantos años me encontré con una versión doblada en castellano y casi me da un infarto. Debería estar prohibida. Puta mierda. Me pone de mala hostia solo pensarlo.

En "La Sirenita" buena, la que debería ser la única, hay un momento en el que no recuerdo muy bien a santo de qué, Sebastian con un marcado acento cubano dice "espectacular". Me quiero imaginar, que si alguien llega algún día a esta entrada, (y con alguien me refiero a personas y no automatismos de indexion de paginas web), cuando lea ese "espectacular" lo escuchará en su cabeza exactamente como lo he descrito. Y si no, puede ser un buen momento para revisar el clásico de Disney. Aunque solo sea para que lo próximo tenga algo de sentido.

Llevo días con una opresión insana en el pecho pensando que las lagrimas saltarán de manera violenta en cualquier momento. Días donde la ansiedad le da cuerda a mi tinitus haciendo que lo oiga claro cuando antes lograba acallarlo. Vamos, que llevo una temporadita jugando al edging con un ataque de pánico. En otras circunstancias no habría sabido quizás identificarlo, pero ha sido punto por punto como antes de volar a Barcelona hace ya año y medio.

Una vez identificada a la bestia fue fácil tirar del hilo y ver que mi bendito y pobre cerebro me estaba preparando para la tragedia que ya se masca cercana. Es el precio a pagar por todos los paseos de vigilia, por todas las abstracciones despierta a ese lugar, a esa situación, a ese divagar usando todos los colores de mi fantasía. Una fantasía que al principio se contentaba con evocar el calor de su cuerpo en la cercanía de un abrazo pero que poco a poco fue pidiendo más, creando decenas de momentos perfectos para robarle un beso tímido, y luego más de uno y luego no tan tímidos hasta que una noche pude sentir, lo prometo, sus manos sobre mi cuerpo. Tan desatada, fuerte y profunda era mi pulsión soñadora que durante el día a veces coletazos de irrealidad me azotaban como si me acordase trémula y agitada de cosas que no han pasado como si verdaderamente lo hubieran hecho.

Mi psique esta vomitando ese empacho de colores, devolviéndome al presente y negándome, por mi propio bien como la concienzuda cuidadora que es, poder volver a soñar. Me prepara para encarar el futuro cercano, sufriendo de antemano, tratando de equilibrar la balanza ante lo que se viene: Una hostia... espectacular.