No me gusta tener la sensación de querer escribir y no saber exactamente qué y/o cómo. Es como que te picase una parte del cuerpo y no la pudieras rascar por no saber cuál es. Me resulta muy desagradable porque incluso cuando decides empezar a rascar sin más, hasta ver si das con la zona que pica, el resto de la piel no acepta ni que la toques. Incluso diría que podría rascarme todo el cuerpo sin encontrar el lugar del malestar.
Llevo ya unos días así. El finde no ayudó. The fate of Ophelia tampoco. Ni los chupitos. Ni la valenciana con cara de portuguesa. No sirvió de nada Tinder. Tampoco el veinteañero que quería besarme. Ni siquiera limpiar y cocinar para la semana en sábado. Ni tener cero lavadoras que poner.
Parece que lo único que se siente bien es mirar hacia adentro. También es lo que más miedo da. Miedo de empezar a mirar hacia adentro y sentirme tan a gusto y hacerlo con tanta fruición que empiece a rotar sobre mi misma tan rápido que me vaya erosionando y me convierta en una pequeña canica. Una canica que rote sin voluntad y se dirija a los lugares a los que las inclinaciones la lleven. Me da pánico ser una canica. Me da miedo encontrarme tan feliz conmigo que me olvide aún más de la gente. De algunas personas. Me da miedo darme cuenta de que estar contenta solo dependía de mi y de desprenderme de un montón de miserias. Pero aun me da mas miedo pensar en darme cuenta después de que estaba equivocada y ver que he malgastado mi tiempo.
Necesito cien vidas. Con una no me basta para probar todas las soberanas gilipolleces de vidas que se me ocurre que podría querer llevar. Necesito cien vidas para poder ser quien quiero ser. O mejor dicho, para descubrirlo.