lunes, 2 de febrero de 2026

V, W, X y Zurück

Escribo esto desde la cálida comodidad de mi salón. Hay un tocón en la chimenea al que algunas lenguas de color azul le sacan con exquisita cadencia el calor a base de lametazos que lo resecan, que lo deshidratan a tal nivel que lo convierten en carbón primero y después en ceniza.

Hay una luz de escritorio que ilumina mis palabras a medida que se hacen obra al escribirlas. También la luz es cálida. La silla en la que me siento es cómoda. Y me reconforta de alguna manera que tenga reposabrazos porque me hace sentir arropada, cuidada ante una caída y apoyada en caso de que quiera levantarme.

Miro a mi alrededor y todo me provoca calma. Todo es conocido. Todo ha sido escogido por mi. Todo me reconforta. Y todo me protege de la zozobra.

Me gustaría poder describir lo que pasó después del accidente, contarlo todo usando muchas palabras que dieran significado y matices y colores a lo ocurrido. Pero a veces las explicaciones son cortas y las explicaciones no tienen nada de noble o de épicas. A veces los propósitos son irrelevantes. A veces se vuelven irrelevantes.

Así que para no trampear los recuerdos y evitar que se conviertan en cuchillo con el que hacerme daño, seré breve: Salí del coche. Subí la montaña hacia la casa con dificultad. La sangre pegada al pelo y a mi cara me impedía tener la vista en la casa pero conocía el camino. Además el olor a humo hubiera guiado a cualquiera. La ceniza que volaba se me pegaba a las partes de la cabeza y la cara que aun estaban humedamente ensangrentadas por el corte. Al llegar al lugar y mientras me limpiaba lo mejor que podía para ver qué quedaba, ya noté que apenas se arrojaba calor al aire. Tuve que acercarme mucho, nadando entre los grisaceos copos de ceniza para ver que no quedaba nada.


Nada.


Me acorde del primer golpe que se le asestaba al cerdo en el pecho, en el esternón para partirlo y abrirlo en canal en los días felices de la matanza familiar. Ahora ese pecho era el mío y ese golpe de hachilla atravesaba mi hueso y mi corazón. Y era yo la que sintiendo el dolor de la herida abierta, dejaba de respirar y de vivir por un instante.

Volví en mi. Ya sabía que no quedaba otra que regresar al hogar. Me dispuse a caminar sobre mis pasos pensando en la lección aprendida: El amor te roba solo un latido pero el desamor te roba por lo menos tres.



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