martes, 11 de marzo de 2008

Lágrimas

Por todos es sabido que las estaciones y los aeropuertos son lugares muy propios para las lágrimas. Perlas de tristeza ante las idas o reflejos de alegría para según que venidas.

Ahora, al hacer memoria, recuerdo a una chica en el baño de la estación de tren de Salamanca, sentada en una silla, cortando el paso a los lavabos, a las cuatro de la mañana. La chica lloraba con rabia contenida, como quien se muerde la lengua o se frota las manos, para no maldecir o partirse un dedo, en una muestra de furia. La chica no me miró al entrar y sólo me regalo un vistazo y un pausado sí cuando le pregunté si estaba bien. Me sentí extraña, muy extraña, al mear, tratando de ser indiferente, sabiendo que tenía el sufrimiento encarnado en un ser humano tapándome el paso para lavarme las manos.

Más en la distancia de mis recuerdos, en el lugar donde las cosas ya no duelen, me encuentro con mis propias lágrimas obturando mis ojos y mostrándome una visión esperpéntica del egoísmo dándome la espalda y andando hacia la salida de un aeropuerto. Dejándome sola con unos controles policiales, una puerta de embarque y un nudo en la garganta que, de algún modo, tarde años en deshacer.

Y las lágrimas más profundas, más tristes, más patéticas, me las recordó, no hace mucho, mis propios pasos sobre las dársenas de la estación de bus de Valladolid. Volví a ver a aquella chica, presumiblemente gitana, presumiblemente extremeña, de Badajoz creo. Aquella chica: menuda, triste que no hortera en el vestir, con el pelo negro enmarañado, y los ojos a punto de salirse de las órbitas de lo irritados que los tenía de tanto llorar. Ella, en su día, no respondió "sí" a mi "¿estás bien?". Ante mi pregunta ella soltó un gritito, como de bebé y se abrazó a mi.
Me dijo que tenía 16 años y que se iba a escapar a Santander. Que ella se había ido de casa sin decírselo a nadie, había quedado con su novio en Valladolid, porque él era obrero y tenía que venir desde Madrid. Que lo habían planeado en poco tiempo, pero que a ella le parecía bien porque lo quería. Yo, bastante perpleja le pregunté que cuál era entonces el problema. Y ella me lo explicó: "Él tenía que haber venido ayer y hoy tiene el teléfono apagado". Acto seguido se echó de nuevo a llorar y desde ese momento hasta que llegó mi bus lo único que hizo fue balbucear "¡qué va a ser de mi!", mientras yo la mantenía abrazada.

En mi confortable asiento, de camino a mi casa, pensaba en lo hijoputa intrínseco del ser humano y en como un gilipollas había hecho pasar la peor noche de su vida a una cría de 16 años, lo suficientemente valiente como para renunciar a su familia para criar churumbeles. Y me sentí triste por esa niña.

Hace unos días, cuando paseaba por las dársenas y me reencontré con esa imagen guardada en mi cerebro; me sentí triste por mi, porque siempre pienso mal, al darme cuenta de un pequeño detalle: la chica no lloraba porque creyese que la había abandonado.

Ella pensaba que estaba muerto.

3 comentarios:

Anónimo dijo...

O a lo mejor el móvil se lo regaló ella y lloraba porque pensaba que se le había estropeado :P

Te leo. Un beso.
Pablo

rebe dijo...

Tipico de las personas, cambiar de vision o creencia segun como de cerca te afectan las cosas, en fin, es lo q hay :S

y... cm te costó tanto convencerme... al final m hice el blog ^^ xD

algo iré poniendo :)

Ángel dijo...

El punto de vista, que lo cambia todo!

Por cierto, lo de Luces de Bohemia es el día 29 en el Liceo, que me llegó el mensaje ese del msn para cuando estás no conectado!