martes, 29 de abril de 2008

Empatía

“Todas las ideas son buenas cuando están en tu cabeza. Los colores, las texturas, las situaciones. Todo es hermoso o terrible según pinte en tu mente. Y el anhelo de poder plasmarlos en un pedazo de papel y la frustración de no poder llevarlo a cabo, de que las formas se deformen y que las virtudes se desvirtúen…. Que lo genial que hay dentro no haya forma de exorcizarlo fuera....“

En ello andaba ocupada su cabeza mientras caminaba por un parque. Más que caminar por un parque, parecía que lo hiciera entre él. Sus pasos oscilaban y vacilaban, rodeaba los toboganes y el arenero, sin tener un rumbo fijo, pero sin dejar de enmarañarse con el recinto. Si se hubiera tambaleado un poco más habría parecido un borracho. Y en la situación en la que se hallaba no habría sido extraño que lo fuera. Un frío viento sacudía la primaveral noche, no había nadie alrededor, ni ruidos, ni coches que sonaran lejos alejándose aún más. No había nada más que él.

Finalmente se sentó en un columpio. La mirada perdida en una piedra que centelleaba sobre las demás y que eclipso la atención de sus pupilas mientras sus pensamientos pasaron a ser un soliloquio, cuyas palabras se fundían con el viento.

“La capacidad del ser humano para empatizar con otros, la facilidad con la que nos prendemos del dolor ajeno cuando algo despierta compasión. ¿Por qué si es tan fácil hacerlos tuyo es tan difícil mostrarlos al resto?”

Sonaron las cadenas del columpio. Chirriaron indiferencia. Y él se indigno y cerró los ojos con furia sin despedirse de la centelleante piedra. Los dejó cerrados unos segundos y sin dejar de apretarlos fuerte, como si rezase para purgar alguna culpa, volvió a su conversación.

“El dolor. Este dolor. ¿Por qué si ahora lo siento, tan hondo, tan profundo y tan eterno, por qué no soy capaz de mostrarlo al mundo? ¿Por qué no encuentro la fórmula para que todos puedan visualizar mi sufrimiento?”

Y en el silencioso ulular del viento una voz respondió: “Porque te empeñas en guardarlo para ti.”

Giró su cara y se encontró con unos enormes ojos que resplandecían bajo la artificial luz de las farolas.

“¿Qué hace una niña en la calle estás horas?”

“¿Qué hace un hombre adulto sentado en un columpio de un parque?”

Él sonrió. Y la niña empezó a agitar las piernas en el aire para coger impulso. Era extraño, ni siquiera llegaba con los pies al suelo y había tenido que encaramarse sola al asiento del columpio. Pero aún así no la había oído llegar.

“¿Por qué quieres mostrar tu sufrimiento al mundo?”. Dijo mientras, con mucho esfuerzo empezaba a oscilar sobre el columpio.

“No hablaba sólo de mi sufrimiento. Hablaba del sufrimiento en general. De cómo poder hacer sentir a alguien cualquier cosa. De que conecte contigo y sea capaz de reproducir algo similar a lo que está en tu cabeza, o en tu corazón”

Se levantó y se colocó tras el columpio, para dar impulso a la niña y que pudiera coger velocidad.

La niña paró en seco y le miró. Con una mirada severa, de adulto. Una mirada que expresaba reproche y cansancio.

“Tengo que hacerlo yo sóla.”
“¿Por qué?”
“Porque no siempre habrá alguien para empujarme.”

Él volvió a su asiento con una extraña sensación de vergüenza.

“No todo el mundo sentirá lo mismo que sientes tú. La gente es diferente.”

“En eso tienes razón. Pero cuando lees algo triste, por norma general, te pones triste. Y cuando lees una historia con final feliz sueles estar contento.”

“¿Tu escribes?”

“Antes lo hacía. Ahora veo que no soy capaz de ello. No puedo transmitir esas sensaciones: tristeza o alegría. Y creo que nunca pude.”

“¿Y has escrito libros de esos que hay en las tiendas?”

“Dos. Uno ya no lo venden. No se parecían en nada los dos. Uno hablaba de una familia, normal, con sus problemas de convivencia y sus alegrías cotidianas. El otro un libro de relatos cortos, de cuentos para que me entiendas.”

“¿Y tenían final feliz o triste?”

“Bueno. No eran finales felices, desde luego. Pero prefiero pensar que tenían finales realistas en lugar de tristes. La vida, no suele tener finales felices.”

“¿Por qué tienes el pelo azul? ¿Es porque escribes?”

Él sonrió de una forma amarga. Dejó de mirar a la niña, que ya había conseguido la inercia suficiente como para casi volar, y buscó la piedra centelleante de nuevo en el suelo. Pero no la encontró. Y se sintió perdido. La amargura le embargo y, como tantas otras veces, la sensación de que todo iba mal inundo su mente de oscuridad y sus ojos de lágrimas.

Aún tardó un rato en contestar.

“No, el color de mi pelo no tiene nada que ver con escribir. Lo hice porque un día me levanté y decidí que tenía que cambiar. Y primero que hice fue esto con mi pelo.”

“¿Y por qué tenías que cambiar?”

“Por que las cosas no me iban bien. Mi mamá se puso enferma hace un tiempo. Los médicos me dijeron que no se pondría bien y que lo único que podía hacer era hacerla feliz el tiempo que le quedara de vida. Yo me puse muy triste. Sabía que se iba a morir y trataba de ser fuerte y de pasar todo el tiempo con ella. Pero cada vez que la veía, me echaba a llorar. Estaba en el hospital, tumbada en la cama, sin poder moverse apenas. Al principio aún hablaba y recordaba momentos, de cuando yo era pequeño y le escribía poemas y canciones y ella se sentía feliz de ser mi fuente de inspiración, mi musa. Al final siempre acababa llorando emocionada. Pero al poco tiempo ya no podía ni hablar. Estuvo así mucho tiempo, muchos meses, tumbada en aquella cama en una habitación de colores tristes que rezumaba ese olor intrínseco a un hospital. Me pasaba allí los días y las noches. Lo dejé todo por estar con ella. Tanto tiempo pasaba en el hospital que mi relación con mi novia se deterioró y me acabó dejando. Yo siempre pensé que me entendería y que comprendería que me quisiera dedicar en cuerpo y alma a mi madre. En cierto modo no la culpo aunque me sentí decepcionado. Pero no me puse triste por aquello. Toda mi tristeza se concentraba en la próxima muerte de mi madre”

Se quedó callado. El viento paró en seco. Sólo se escuchaba el chirriar de las cadenas del columpio de la niña.

La centelleante piedra volvió a brillar ante sus ojos. Se sintió reconfortado y siguió hablando.

“Mi madre murió el primer día de la primavera. Un día radiante que a ella le hubiera encantado. Aún recuerdo el ataúd abierto, su cara tranquila. Antes de que lo cerraran me acerqué y coloqué una rosa debajo de sus manos. Luego llegó el entierro, el sincero dolor y las lágrimas. Y luego lo peor. Al día siguiente me levanté sin saber que hacer. Mi vida había dependido durante tanto tiempo del hospital.... Había descuidado todo el resto de mi vida: mi casa era un auténtico caos, no podía escribir, mi novia ya no estaba para acompañarme y apoyarme, mis amigos quedaban demasiado lejos en el tiempo y la distancia…. Así pasé mucho tiempo. Hasta que un día me levante y decidí hacer lo que ya ves: teñirme el pelo como comienzo de una nueva vida”

La niña pegó un salto y aterrizó con los pies en el suelo. Se giró, mostrando en su cara una sonrisa de satisfacción personal y luego tornó el gesto serio y clavó sus ojos en él.

“De algún modo”, dijo él, “sé que aún no lo he superado. Aún me duele. Echo de menos a mi madre, fue una gran mujer que lo dio todo por mí. Me hubiera gustado que viera tantas cosas, que conociera a mis hijos, que jugara con ellos, que hubiera sido una de esas ancianitas de pelo blanco, adorables y sonrientes. Me duele tanto, tanto....”

Se echó a llorar. La niña se acercó y le dio un beso en la mejilla. Dio media vuelta y echo a andar. Cuando llevaba unos pasos y antes la perplejidad de él, le dijo:

“¿Sabes? Creo que deberías escribir sobre eso. Has conseguido ponerme muy triste y he llegado a pensar que era yo la que echaba de menos a tu mamá. Y es difícil que te entienda.... Porque yo no tengo mamá"

1 comentario:

Andrómeda dijo...

Me encanta. Por ser capaz de empatizar, incluso, con la apatía.
Un abrazo