viernes, 18 de enero de 2008

Mary´s lambs

Miré mis ropas, estaban sucias y roídas. No me importaba demasiado pues eran viejas. Observé mis manos: colocadas encima de mi regazo: tenían grietas profundas llenas de mugre, mis uñas: relativamente rotas y partidas en la mayoría se afanaron por tratar de sacar toda aquella mierda acumulada de los pliegues de mi malgastada piel. Quería algo de dignidad para el que iba a ser mi último gran momento.

No sé cuanto tiempo estuve sentada mientras leían mis cargos. Pensando en mis cosas no me percaté de que la lectura había terminado hasta que alguien me tomó por el brazo obligándome a levantar.
Fue en ese momento cuando me avergoncé de llevar esas ropas tan sucias. Había tanta gente agolpada, esperando para verme…. ¡a mi! Fue por ello que me pesó mi lamentable estado. Aunque la culpa de este no fuera mía. Era de las persecuciones de la policía. Aunque no me había costado mucho mantener en jaque a toda la gendarmería de Paris, sí me había tocado correr un poco y esconderme en los lugares más inhóspitos de una ciudad que podía llegar a ser muy sucia. Y claro, con las prisas en lo que menos empeño pone uno es en su apariencia.

El hombre que me había puesto en pie pretendía llevarme a la rastra. ¡Que desfachatez! Sabía perfectamente donde tenía que ir y lo haría sin dificultad y sin la ayuda de nadie. De un brusco golpe con el codo, que no llego a darle, me desasí de mi indeseado acompañante y mirando a toda la gente que se congregaba en el lugar caminé hacia el emplazamiento de mi destino.

El hombrecillo que había leído mis acusaciones, que llevaba unos pantalones azules de terciopelo y unas bonitas medias amarillas, me preguntó con desdén si quería decir unas palabras. Respondí que sí.

Miré al cielo buscando a Dios. No por pedir perdón, sino para estar segura de que iba a escucharme. Tras unos segundos en esa postura miré a la plaza abarrotada, sonreí y dije:
“Volvería a hacerlo”.

En ese momento más de la mitad de las personas que allí había se pusieron a gritar, a ovacionarme, a aplaudir, a gritar, a silbar. Movían sus brazos y saltaban. Como si se hubiera hecho justicia. ¡Cómo si yo hubiera hecho justicia!

Miré al hombrecillo de las medias bonitas y asentí, como dándole a entender que había finalizado.

Entonces él dijo: “Por el homicidio por envenenamiento de 14 personas has sido condenada a muerte en la guillotina”.

Igual de sonriente me tumbe sobre la tabla que me dejaba en perpendicular con mi destino. Tenía una ligera curiosidad morbosa por verla bajar, acompañada de su ruido característico, y por saber si podría vivir lo suficiente como para recordar que mi cabeza había caído sobre un cesto.

La tensión que allí había se volvió máxima. La plaza se hizo silencio y la guillotina cayó.

La gente se puso a gritar, emocionada, mientras mi cabeza caía sobre el cesto. La gente seguía pensando que ahora también se hacía justicia. ¡Cómo si ajusticiándome fueran a conseguir justicia!

A mí, en el fondo me daba igual. El hecho de haber envenenado a la plana mayor del profesorado de la universidad de París había sido algo personal. Y muy bien hecho.

4 comentarios:

Guille dijo...

O_O


eres


mi


diosa



de


la


escritura.


DIOS ANA!!!! me encanta!!!!! eres genial!!!!!!!!! no se, haz algo con ello, publicalo! xD

Ángel dijo...

Ana, haz el favor de escribir un libro, que estas lecturas me desestresan!!

rebe dijo...

Hola! aunq no nos conozcams... ya sabes quien soy :)

y no se si te lo habrá dicho Guille, xo q creas q escribo bien, tú q eres Dios escribiendo! pues es el mayor halago q podría recibir :)

y esta entrada... es brutal, la lei x primera vez cn Guille, y tras comentar todos los párrafos y brillantes expresiones... nos quedams cn el "Volvería a hacerlo" :"

y con ganas de hacerlo nos quedams algunos x estas fechas ¬¬ xD

rebe dijo...

prometo q mis futuros comentarios seran mas cortos (A) :D