miércoles, 30 de enero de 2008

Sobre la muerte

Clavé los ojos en la tumba abierta, con la angustia masticada y digerida de ver tu nombre esculpido en la lápida.

Me arranqué el corazón, pues ya no servía para nada. Y tras verle palpitar agónico en mi mano caí en el hueco excavado en la tierra.

Me puse a llorar. Tantas y tantas lágrimas querían brotar que no podían mis ojos echarlas de mí, y el agua me empezó a consumir y a inundar. Y muerta, ahogada en sal, caí de bruces sobre la tumba abierta.

Me puse a gritar. A graznar agudo como un cuervo y alto, alto, rompiendo todo el silencio del camposanto. Y mis chillidos acabaron con mis pulmones, el aire erosionó mi traquea y la boca se me llenó de sangre, Me atraganté con un pedazo de algo, quizás de mi propia carne. Y en mi patética carrera hacia la muerte, corriendo en círculos sobre el boquete en el suelo, buscando desesperada quien me hiciera de nuevo respirar tropecé y fui a dar a lo más hondo del lúgubre espacio donde yacía tu cuerpo.

Y sabiendo que iba a morir me armé de calma, en lugar de convulsionarme en vano para sacar mis bronquios de mi garganta, abrí la tapa del féretro y me abracé a ti. Apoyé mi cabeza contra tu pecho, manché tus últimas ropas con la sangre de mi boca y aleteé por última vez en este mundo de vivos.

2 comentarios:

Ángel dijo...

Puta si, `pero genial :D

tricolor bandera blanca dijo...

No sé que se puede decir a esto sólo que no te deseo una muerte tan brusca, ni tan siquiera te deseo la muerte, te deseo vida eterna, te deseo que sigas siendo sustento de alguna gente, te deseo que la vida sea más infeliz que tu, te deseo, te deseo, te deseo...